domingo, 26 de marzo de 2017

La sencillez de lo inmarcesible

Puede que Steiner tenga razón y el lenguaje no sea capaz de expresar la emoción del pensamiento, que nuestras expectativas se encuentren por encima de la realización; que, cuando amamos tal y como nos dice Ortega y Gasset, nos sintamos “metafísicamente porosos para otra individualidad” y, como Platón, con el alma abierta a procrear en lo bello, experimentando las más delicadas conversaciones con una “meravigliosa creatura” por la que “atravesar mares y ríos”, como canta Gianna Nannini. Qué placer de dioses cuando las ideas fluyen y el intercambio literario es posible, cuando se cree hablar en el mismo idioma, con la misma precisión. Las horas pasan inadvertidas y los breves silencios se tornan emocionantes. Qué fortuna cuando “es el alma la que nos revela el cuerpo”. Cuando el amor es inmarcesible y “constante más allá de la muerte”, como escribiera Quevedo en un soneto.

Pero qué lástima que, como el viejo Chateaubriand –henchido de cobardía- pensaba, no viva de poesía, que la emoción del pensamiento no sea simétrica, que gane la solitaria individualidad en este mundo rápido que distorsiona la realidad, que ofrece tantas estrellas que centellean –como tantas opciones de vida-, que no sepamos cuidar de ninguna en particular asediados por el exceso de destellos, por la falta de calma para la reflexión, para esa individualidad que gana pero que no se puede ejercer en plenitud:

“No esperes poder engañarme. La amistad alimenta muchas más ilusiones que el amor, y son mucho más duraderas. La amistad crea ídolos y los ve siempre tal y como los ha creado. Vive con el corazón y el alma; la fidelidad le resulta algo natural, se acrecienta con los años y a diario descubre nuevas prendas en el objeto de su predilección.

El amor se engaña a sí mismo; no te embriagues con él, pues la ebriedad pasa. No vive de poesía, no se alimenta de gloria, al descubrir, todos los días, que el ídolo que creó pierde algo a sus ojos. Pronto ve los defectos y solo el tiempo lo vuelve infiel al despojar al objeto que amó de sus encantos. El talento no devuelve lo que el tiempo borra. La gloria no rejuvenece sino nuestro nombre”.

“Que ser valiente, no salga tan caro, que ser cobarde no valga la pena” -dice Sabina-, en este siglo XXI inundado de un terrible romanticismo bajo el que subyace una intensa frustración generalizada que nace de querer abarcar el mundo siendo incapaces de gobernarnos a nosotros mismos por no ver la belleza de la cosas sencillas que, en nuestro día a día, podrían aproximarnos a eso que llaman felicidad. Maldito ego.

L.V.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

¿Indulgente o implacable?



No entiendo de política; presumo que Trump, de momento, tampoco. Pero como integrante de esta inmensidad de la que se compone el mundo, tengo una opinión. Erraré, y mucho. No obstante, nadie lo recordará, porque estaremos sepultados por toneladas de nueva información y porque, aunque me pese, como Amadeu do Prado, personaje de “Tren nocturno a Lisboa”, “el miedo a la muerte, se podría describir como el temor a no poder llegar a ser quien uno pensaba ser”. Afortunadamente, mi cuerpo no sospecha tal inquietud, y mi alma sabe que es pura vanidad frustrada.

“Felices los ingenios pasados que hurtaron a los futuros la gloria de lo que habían de inventar” porque, al igual que Saavedra Fajardo, supongo que ya está todo dicho -y, francamente, bien dicho- por periodistas, escritores, políticos y vulgaridad excelente -que diría el magnífico Javier Gomá-. En definitiva, por todos aquellos que se integran dentro de una jerarquía tan necesaria y, de momento, aceptada por mayorías en una sociedad tan loca y líquida, que supo exponer y publicar Bauman -anticipándose al resto-, como la nuestra; en la que se pasa del todo a la nada, de la fama al ostracismo, del fulgurante éxito al fracaso, de la riqueza a la pobreza, tan rápido como exige este maravilloso mundo globalizado que, al igual que una moneda, se compone -obviamente- de dos caras y tiene un lado terrible: la deshumanización. 

Cuando Obama se postuló como candidato a la presidencia de EEUU, el sueño americano se volvió a vislumbrar tras un periodo de duros golpes -Twin Towers, Enron, Lehman Brothers, etc...-. Todo era posible en América y “nothing else matters”, como la canción de Metállica. Pero con el tiempo, por un lado, los estadounidenses proyectaron -como fruto de una larga crisis-, sus frustraciones en lo que llaman establishment y, por otro, se sucedían los enfrentamientos entre afroamericanos y la policía, si no me equivoco, por lo que Tocqueville llama “tiranía de la mayoría” en su obra “La democracia en América”:

“Y lo que más me repugna de América, no es la extrema libertad que allí reina, sino la poca garantía que allí existe contra la tiranía.

Cuando un hombre o un partido sufren una injusticia en los Estados Unidos, ¿a quién quieren que se dirija? ¿A la opinión pública?, ella es la que forma la mayoría; ¿al cuerpo legislativo?, representa a la mayoría; ¿al poder ejecutivo?, la fuerza pública no es otra cosa que la mayoría bajo las armas; ¿al jurado?, el jurado es la mayoría revestida del derecho a pronunciar sentencias: los jueces mismos, en ciertos Estados, son elegidos por la mayoría. Por inicua e irrazonable que sea la medida que os afecta, tendréis que someteros a ella.”

“No digo que actualmente se haga en América un uso frecuente de la tiranía, digo que no se descubre allí ninguna garantía contra ella, y que hay que buscar las causas de la suavidad del gobierno en las circunstancias y en las costumbres, más que en las leyes”.

Hilary no pudo vencer a Trump. Se habla, entre otras cosas, de correos electrónicos que comprometían la seguridad de EEUU y de la famosa infidelidad de Bill Clinton, pero la realidad -bajo mi punto de vista- es que los americanos, amantes de la incertidumbre y el riesgo de forma consustancial, no se permitieron más sueños democráticos que el primer presidente negro en la Casa Blanca. Se habían reafirmado. En América, todo es posible. Y, curiosamente, dejaron caer la moneda por el lado de Trump, cuya aparente intención es alejarse de una suerte de “Estado providencia” ya existente, mucho más duro, si me lo permiten, que en cualquier parte de Europa. En un primer momento pensé que se trataba de un castigo, como reproche a la democracia igualitaria mal entendida, con igualdad de oportunidades -condiciones-, que no se corresponde con una tendencia a una reducción sustancial de la brecha de la desigualdad material. Pero, ¿quería la mayoría ese “Estado providencia” mencionado, anteriormente, a cualquier precio? Esa es la cuestión en un pueblo que “está en continuo movimiento; donde la sociedad, que se modifica todos los días, cambia sus opiniones al tiempo que sus necesidades”.

“En los Estados Unidos, las fortunas se destruyen y se rehacen sin esfuerzo, El país no tiene límites y está lleno de recursos inagotables. El pueblo posee todas las necesidades y todos los apetitos de un ser que crece (…). Lo que hay que temer, en un pueblo semejante, no es la ruina de algunos individuos, pronto reparada, sino la inactividad y la pereza de todos (…). Toda empresa audaz compromete la fortuna del que se lanza a ella, y la fortuna de todos los que confían en él. Los americanos, que hacen de la temeridad comercial una especie de virtud, no podrían, en ningún caso, censurar a los temerarios. 

De ahí que en los Estados Unidos, se muestre una indulgencia tan singular hacia el comerciante que quiebra: el honor de éste no sufre, en absoluto, con semejante accidente (…). En América, se trata, con una severidad desconocida en el resto del mundo, a todos los vicios que son de tal naturaleza que alteran la pureza de las costumbres y destruyen la unión conyugal (…) y condena especialmente las malas costumbres, que distraen al espíritu humano de la búsqueda del bienestar y turban el orden interno de la familia, tan necesario para el éxito en los negocios”. (Tocqueville).

¿Han reprobado la infidelidad acaecida en el seno familiar de los Clinton y no lo hacen con la concatenación de matrimonios de Trump?¿Es cuestión de perdón o ruptura?¿De ser indulgente o implacable?¿Fue Hilary débil de espíritu al no dar explicaciones, tras perder las elecciones, con la inmediatez y la fortaleza que exige aquella ciudadanía?¿Era la imagen que querían dar al mundo siendo su símbolo nacional un águila? 

Viajando de EEUU a España en 2012, Brian, un jubilado americano me dijo: “la diferencia entre los europeos y nosotros es que somos una unidad y tenemos conciencia de ello”. 

“En América, la mayoría se mantiene dudosa, se habla; pero en cuanto se ha pronunciado irrevocablemente, todo el mundo se calla, y amigos igual que enemigos parecen entonces atarse a su carro, de consuno. La razón es sencilla: no hay monarca tan absoluto que pueda reunir en su mano todas las fuerzas de la sociedad, y vencer resistencias, como puede hacerlo una mayoría revestida del derecho a hacer leyes y ejecutarlas. (…). La mayoría está revestida de una fuerza a la vez material y moral, que actúa sobre la voluntad tanto como sobre las acciones y que impide, al mismo tiempo, el hecho y el deseo de hacer. No conozco país donde reine, en general, menos independencia de espíritu y verdadera libertad de discusión que en América.” (Tocqueville).

Lo cierto es que, en esta ocasión, esta máxima no se cumplió de forma taxativa. Mientras que Obama -el hombre tolerante por excelencia-, dando una lección de democracia, reconocía que el carácter pragmático de Trump podía ser una fortaleza para EEUU, los desconcertados votantes de Hilary, salieron indignados a la calle con la fuerza que ella no tuvo tras la derrota.

El sueño americano “no tiene cura pero es la cura de todos los males”, si Cohen me lo permite desde arriba.

L. Valois.


sábado, 20 de febrero de 2016

"Golpe a golpe, verso a verso"



"Yo amo los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles", canta Serrat a Machado, y susurraría yo a aquellos refractarios a las costumbres que nos son, de forma mayoritaria, consustanciales a los españoles; a esos fachendosos defensores de manías personales, que quejumbrosos y faltos de "temple moral", reivindican derechos inexistentes en un tiempo caduco y afanosamente superado que no tuvieron que padecer al ser hijos o nietos de la Transición, en un intento de llamar la atención, sin ritmo ni armonía, con el objetivo de trascender a cualquier precio en una sociedad diletante bajo el título -mal entendido- de igualitaria, mostrando el torso desnudo, exclusivamente, en lugares de culto para los cristianos -que les ofenden en demasía; no así los templos en territorio español de aquellos que profesan otras religiones; gracias a Dios o a los astros, porque desconocemos las consecuencias de dichas algaradas- y zahiriendo algo tan bello como la feminidad mediante zafias y pueriles poesías bajo el pretexto de la tolerancia. Un contrasentido del que no se aperciben los ingenuos y snobs en esta España libre del 78 pero llena de prejuicios y que, por un lado, detesta la imposición pero, por otro, aplica un "laissez faire" que la permite . "Yo creo que es una secuela de aquella pordiosería que nuestra literatura picaresca tan bien retrata (...) Cuando oigáis a un español quejarse de las cosas de su patria no le hagáis mucho caso. Siempre exagera, la mayor parte de las veces miente" -decía Unamuno -.

Como el fin justifica los medios, ¿qué importa enfrentar de nuevo a los españoles simulando -en un alarde de frivolidad- un paralelismo inexistente entre sociedades distintas y despreciando la lucha de los que perdieron -inútilmente- la vida por España y sus ingratos descendientes?¿Qué importa azuzar a las masas poniendo en práctica un pseudoanarquismo moral?

"Cuando el jilguero no puede cantar, cuando el poeta es un peregrino, cuando de nada nos sirve rezar. Caminante no hay camino, se hace camino al andar". 

L. Valois.

viernes, 21 de agosto de 2015

La gravedad del español



Hace un par de días, al curiosear mi ejemplar de una edición española de "Las aventuras del último abencerraje", fechada en 1843, henchida de orgullo, tras descubrir que "Aben-Hamet" -es decir, el mismísimo Chateaubriand- había merodeado por Batistania, morando por Granada y advirtiendo -éste- el gracejo para los apodos de los lugareños a su paso por Murcia y Lorca, estuve a punto de morir de chauvinismo -por la mención- y, también, quijotescamente de amor, de agradecimiento y de compasión; por supuesto, a ese ser tremendamente inteligente, pero egocéntrico y atormentado que se esconde tras René. Como ven, mi vehemencia es puramente española.

Su natural meditabundo, investigador y observador, dio a luz un conjunto de impresiones halagüeñas a la par que realistas sobre el carácter romántico del español de aquel entonces -que tanto le gustaba como precursor del movimiento que exalta la personalidad individual colocándola por encima de la razón- que bien pudiera valerle al actual, puesto que en esencia, no ha cambiado. Una muestra es el vago comentario esgrimido con desdén por la mayoría de los españoles al verse en la tesitura de tener que decantarse por una opción política en mitad de una conversación. "Todos son iguales" -contestan dejando una heladora sensación en algún que otro interlocutor-. 

Me asaltan, entonces, las dudas: ¿se debe a un intento de cuidar celosamente su intimidad por aquello de no meterse en camisas de once varas o, tal vez, se debe a un español "que no ha visto nada ni se cuida de ver cosa alguna; que no ha leído ni estudiado, ni comparado ninguna cosa" y, por ello, "no se halla atado ni indeciso en ningún accidente de la vida" porque "su corazón hace las veces de pensamiento"?¿O se debe, incluso, al hartazgo tras la concatenación de episodios de corrupción?La venganza del español "es terrible si se abusa de su amistad y se ve vendido. Su valor es heroico, su constancia invencible, su paciencia durísima. Para luchar con la fortuna, no hay otro: incapaz de ceder a sus golpes, o la vence, o muere en la demanda", nos cuenta el melancólico abencerraje asumiendo la derrota de su pueblo mientras atravesaba los palmerales de sus ancestros. 

El panorama electoral se vislumbra tortuoso, el corazón no puede ser arma suficiente, como en otro tiempo verdaderamente convulso,  para "suplir la luz que procede de la abundancia y la finura de las ideas", sino solo necesaria; la corrupción, tampoco, si se ponen medios necesarios para evitarla. Indignarse es tendencia desde hace unos años y ha comenzado a ser consustancial al español. Seamos graves, indignémonos, pero con sentido común. No cedamos a la demagogia. Y que prime la razón.

L. Valois.




jueves, 20 de agosto de 2015

El trágico interés



"Una tumba profanada es como una tumba intensificada. Cuando la destrucción, es decir, la muerte, pasa sobre la muerte, redobla su trágico interés" -nos dice Unamuno en sus "Andanzas y visiones españolas"-. 

Una intimidad que, por ser sugerida mediante precisas instrucciones, por ser pretendidamente igualitaria e incluso tentadora para algunos debido al espejismo de la transgresión -tan de moda últimamente-, que no goza del encanto de lo sublime, de aquello que se teje lentamente por ser tan nuestro, sino que es producto de un tedioso fordismo falto de individualidad y de teatrales prácticas sexuales, no puede ser más que algo efímero que, posiblemente, solo una vez -si cabe- "redoble su trágico interés".  Y, por tanto, es un absurdo el pretender elevar dichas prácticas al rango de los usos y costumbres sociales cuando, ni por asomo, lo son.

Del mismo modo, Goethe, por medio del joven Werther, se lamentaba allá por 1774. Las reglas de una sociedad burguesa empeñada en modelar al individuo por las leyes y el decoro suponían la destrucción del "verdadero sentimiento de la naturaleza y la auténtica expresión". Y es que los extremos se tocan:

"Y si llegara entonces un burgués, un hombre que esté en un cargo público, y le dijera: ¡Estimado joven!¡Amar es humano, pero hay que amar humanamente! Distribuya sus horas; las unas para el trabajo, y las horas de descanso dedíquelas a su amada. Eche cuentas de su Hacienda, y lo que le sobre de lo indispensable, no le prohibo que lo emplee en algún regalo, pero no con demasiada frecuencia (...) Si obedece a este hombre, habrá un joven útil, y yo mismo aconsejaría a cualquier príncipe que lo sentara en algún Consejo; pero se acabó su amor, y, si es artista, se acabó su arte."

Tal es así, que solo nos queda compadecer a las nuevas generaciones a las que, a diario, bombardean el sacrosanto campo de su intimidad; aquel que hemos ido descubriendo de forma natural y moldeando a nuestro antojo los que ya tenemos cierta edad, sin más injerencias que la libertad y la protección que nos brinda nuestra Constitución. Aturdidos por el exceso de información, por el desdén de Grey, y por las normas de conducta que pretende la nueva política "irradiada por los núcleos" -círculos-, asistimos estoicamente a lo que se nos pretende vender como una necesaria evolución de una sociedad, cegada hasta ahora.  Como decía Greta Garbo en la película "Ninotchka": "no quisiera ver a mi país en peligro a causa de mi ropa interior".


L.Valois.




domingo, 1 de febrero de 2015

El click


Durante mi infancia fue una constante estar rodeada de adultos, tal vez por ello nunca me parecieron interesantes los rostros aniñados y valoré en el hombre -desde muy jovencita-, en detrimento del aspecto físico, una buena conversación. Tal es así que, en la nebulosa de mis filias y fobias, Paul Newman comenzó a presentarse como interesante a mis ojos tras su papel en “El color del dinero”. Un cosa llevó a la otra y, no hace mucho, “La gata sobre el tejado de zinc”, que no había sido para mi más que un sonido de fondo en casa de mis padres, captó mi atención. “La vida no es un maldito partido de rugby, la vida no es un montón de diversiones. Tú eres un niño de treinta y dentro de poco serás un niño de cincuenta que sueñas con ovaciones; soñando y bebiendo pasas la vida. Los héroes de la vida real viven las 24 horas del día, no solo las dos que dura un partido. La verdad es dolor,  sudor,  pagar deudas (...) , los sueños malogrados, y el nombre que no aparece en los periódicos hasta que uno se muere”, le dice Burl Ives a Newman en una acalorada conversación en la que éste último, sumido en una intensa depresión, trata de explicar a su padre la importancia de ese caprichoso “click” en la mente que, ante la adversidad, nos hace reaccionar y, a continuación, enfrentarnos a una dificultad, superándola o no; logrando la paz interior tras el esfuerzo por haber empleado todos los medios que estaban a nuestro alcance.

Será que “nos fastidia con el tiempo el trato de una mujer que nos encantó a primera vista; nos cansa un juego que aprendimos con ansia; nos molesta la música que al principio nos arrebató; nos empalaga un plato que nos deleitó la primera vez; (...) la soledad que nos parecía deliciosa la primera semana, nos causa después melancolías”, afirma José Cadalso en su obra “Cartas marruecas”, escrita en el siglo XVIII. Y añado yo: será que abominamos de la democracia porque, bajo el manto de protección de todos sus beneficios, hemos olvidado que la vida, en la edad adulta, consiste en un mar de responsabilidades; que la igualdad solo es posible como punto de partida por la propia naturaleza del ser humano; que el Estado está, entre otras cosas -y gracias a la solidaridad del conjunto de ciudadanos que componen un país y que se regalan la anteriormente referida democracia como forma de organización del mismo-, para corregir las desigualdades -en la medida de lo posible- cuando éstas se deban, pongamos como ejemplo, a minusvalías físicas, psíquicas o a enfermedades; que no podemos vivir de espaldas a la coyuntura internacional porque mientras jugamos a ser transgresores en el interior, ni las civilizaciones ni el tiempo se detienen, precisamente porque estamos indefectiblemente interconectados en un mundo globalizado; circunstancia –ésta última- que el siguiente párrafo -sacado de contexto- de la obra “La democracia en América” de Tocqueville “ilustra” a la perfección: “desde el momento en que se tratan en común los asuntos comunes, cada hombre comprende que no es tan independiente de sus semejantes como él se figuraba antes, y que, para obtener su apoyo, a menudo es necesario prestarles su concurso.” 

En efecto, ninguna democracia es perfecta, requiere de los ciudadanos esfuerzos adicionales a título particular; de la generosidad de unos con otros. Y este “click” es el que debe sonar en nuestras adormecidas –desde hace siglos- mentes europeas, cuyo talante -yacente- estoy comenzando a advertir tímidamente –también- y con estupor en el pueblo norteamericano, dechado de virtudes en lides organizativas de su vasta extensión y población tiempo atrás y protector –altruista, no sonrían; o no- de nuestra paz. Este “grado de abatimiento universal” palpable para Cadalso en las naciones, parecerá –como él mismo insiste- “un apetecible sistema de seguridad a los ojos de los políticos afeminados; pero los buenos, los prudentes, los que merecen este nombre, conocerán que un corto número de años las reducirá todas a un estado de flaqueza que les vaticine pronta y horrorosa destrucción”.

Ni un sistema democrático, ni cualquier otro, asegurará jamás la igualdad total, porque ésta, no solo depende del compromiso de todos y cada uno de los ciudadanos, sino de una perfección no humana –y por ello imposible- que, inevitablemente, cercenaría –de no ser una utopía- uno de los rasgos que nos hace grandes como personas, la libertad. Nada es blanco o negro. Los, aparentemente, perfectos extremos son manifiestamente imperfectos por imposibilidad.

Así pues, citando de nuevo y para finalizar a Tocqueville, “la democracia conduce a los hombres a no aproximarse a sus semejantes; pero las revoluciones democráticas les disponen a huir, y perpetúan, en el seno de la igualdad, los odios que la desigualdad hizo nacer. La gran ventaja de los americanos está en haber llegado a la democracia sin tener que sufrir revoluciones democráticas, y haber nacido iguales en lugar de haber llegado a serlo”. 

L. Valois.


miércoles, 29 de octubre de 2014

El buen y viejo rock and roll

Cuando le veía, siendo más jovencita, pensaba que estaba fuera de la realidad. No vestía a la moda; su estilo era sobrio, de señor mayor a pesar de sus cincuenta. Yo tenía 25. Era la época del boom inmobiliario, de ciertas camisas masculinas llenas de escudos publicitarios como los que venden en las mercerías para los uniformes de los colegios; de los bolsos con anagrama; del barroco -como él llama habitualmente a este tipo de excesos con sonrisa canalla-. Él era y es mi primo.

Hicimos un master de tributario juntos, aunque él es ingeniero agrónomo. Mientras le llevaba en coche a la universidad, le contaba mis dichas y desdichas "tardojuveniles" y sentimentales; él siempre me respondía -prudentemente- con el argumento razonado de un libro o con una frase sacada de la literatura -cuando todavía no estaba de moda abusar de ellas-, a la que yo, más tarde, daba vueltas. Las mismas vueltas que se les da a las canciones de Sabina, cuando uno se nota, anímicamente, en la cuerda floja. Y es que ante nuestras pequeñas adversidades -porque, salvo la muerte, no hay ninguna otra suficientemente aterradora-, la mayoría nos volvemos reflexivos en la generalidad de los casos. O, al menos, eso sería lo deseable.

Con la madurez -la mía-, comenzamos a hablar de política, de valores, de economía, en definitiva, de aspectos fundamentales en toda sociedad. Con el tiempo, hicimos tertulias con su padre, un señor que había pasado algunos de sus años como estudiante en "El Escorial" -a principios del siglo XX- y contaba anécdotas tremendamente interesantes de aquellos tiempos. Recuerdo el día en que le dije que estaba leyendo "Ana Karenina" y me dijo, como amante de la filosofía que es: "¡ah, bueno, eso es una lectura de entretenimiento!". "Tocada y hundida", pensé a la par que esbozaba una sonrisa.

Mi primo es -en sentido figurado- un señor del siglo XIX; y un descendiente de terratenientes -en sentido literal-. Aúna dos características de enorme valía: la austeridad y el gusto intelectual. La primera, tal vez, era fruto del conocimiento de la tierra y, la segunda, puede que, en parte, consecuencia de la pretendida soledad de la primera, y de una prelación distinta en la escala de valores a la que se acostumbra en estos locos años, en los que algunos quieren ser distinguidos, siendo pretenciosos en sentido material -por supuesto, con el dinero y el esfuerzo de los demás-. Valiente, desvergonzada e insolidaria horterada es robar a los ciudadanos para poder cazar o comer marisco. Dicho así, suena verdaderamente ridículo; más aún teniendo en cuenta que "el gobierno no puede tener otro derecho verdadero sobre mi persona y mis bienes, que no sea el que yo le concedo" (H.D. Thoreau).

Si bien es cierto que cualquiera podía soñar con acceder a la política a partir de mediados del siglo XIX, momento en el que dejó de ser preceptiva la hidalguía, esta posibilidad no se hizo plenamente efectiva hasta la llegada de nuestra democracia, cuyo logro fue la igualdad de oportunidades de base. Pero, ¿estábamos preparados para ser auténticamente refinados, responsables, austeros, y modernos?¿Se ha repetido lo acaecido en tiempos pasados con actores diferentes? Todavía recuerdo aquella frase de Alfonso Guerra que decía: "el día que nos vayamos, a España no la va a conocer ni la madre que la parió". Lo lamento, don Alfonso. Desgraciadamente, sí; pero en otro sentido.

A pesar de todo lo anterior, estoy convencida de que no es tarde para valorar la austeridad y el intelecto por encima del dinero, y de que no hace falta que los nuevos grupos de pensamiento revolucionario pongan nuestro Estado de Derecho al revés para solucionar algo que, como piensa don Javier Gomá, tiene un gran componente moral.

Sólo vi a mi querido primo perder la compostura un día. Sonaba la música de Bob Seger que Revólver  había versionado mientras él cantaba por el camino que lleva al campus: "me gusta el buen y viejo rock and roll", que para mi no es otra cosa que la gente austera en lo material y con inquietud intelectual -tal vez por una mera proyección-. Esa es la verdadera clase.

L.Valois.